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Odio a mi hijo

 Así arrancaba un monólogo magníficamente interpretado por una maestra, metida a cómica por pura afición. Mi primera reacción fue de sorpresa. A medida que transcurría su afanoso soliloquio, la protagonista, ya entrada en años, exponía, en primera persona, los motivos que le llevaban a esta afirmación tan contundente como cruel. Poco a poco lograba convencerte de que para ser madre hay que echarle una cierta dosis de masoquismo.

Contaba esta alegre docente que, al principio, cuando decides emprender esta aventura, le dices a tu pareja: “Qué ilusión me haría tener algo nuestro, pero... nuestro, nuestro, que nos una para siempre”. Y, alcanzado el consenso, en un plis plas, te lanzas con la parte más placentera de toda esta historia, —por lo visto interminable—: la parte sexual. A los pocos meses de aquellos agradables encuentros amorosos, ya estaba ahí, en mi vientre. Nuestro primer contacto fue visual, a través de un monitor, mientras el doctor examinaba detenidamente la imagen. El corazón de mi renacuajo latía rítmicamente…

A medida que la barriga crecía, me encantaba acariciarla. Era un roce suave, casi como un cosquilleo en el alma —si es que existe—. Y de repente, ¡pum!, su pierna sobresalía unos cuatro centímetros de mi tripa, creo que esa era su manera de corresponder a tanto cariño.

Pasados el embarazo y el parto —que, dicho sea de paso, no veas lo que duele—, viene el encuentro real y definitivo: te dan el alta en el hospital. Regresas a casa con una personita que no habla, no ve, solo mama, duerme y… llora como si cobrara por decibelio, pero que al tocarla se te abre el corazón; quieres pellizcarla, olerla, achucharla y comértela toda. Qué cosita más jugosa.

Todos iban y venían con sus regalos y halagos, pero yo siempre estaba ahí con la teta al aire. No sé a qué olería pero casi no tenía tiempo para ducharme o ir al baño. Contacto, mucho contacto, piel con piel—o algo así dicen los entendidos—.

Pronto empezó a hablar. Dijo: “mamá”, o algo similar. Pero, ¡qué listo! Yo me derretía, lo llenaba de besos, lo abrazaba y tenía le espalda hecha polvo de recogerlo del suelo cada vez que se caía.

Sin darme cuenta, los años pasaron y, sin previo aviso, mi dulce niñito se convirtió en un adolescente. Llegaron los suspensos. Ya no decía mamá, sino “pesada”, y a continuación gritaba que me odiaba. ¿A mí? Pero si no me he portado mejor con nadie en mi vida. ¿Qué querrá? ¿Que me flagele si se me pegan las lentejas?

Paradójicamente, cuando se fue de casa, volvió a estar presente en mi día a día. Decía que me valoraba, que era buena, que cocinaba bien y que mis consejos le servían. Incluso se acurrucaba, con timidez viendo la tele, reconociendo que, desde pequeño, le había reconfortado mi olor.

Un día, cuando menos lo esperaba, ese muchacho se convirtió en padre, y yo en abuela. Todo cambió y se llenó de ternura. Ahora entiendo lo que significa disfrutar plenamente: es como tener un hijo, pero sin los dolores del parto, sin las noches en vela y sin la espalda hecha trizas. Ser abuela es, sin duda, el verdadero nivel premium de la maternidad.


 Publicado en el núm. 6 del Cuaderno Literario del Ateneo de Cádiz (CLAC)07/05/2025

Comentarios

  1. Magnífico Yayo, como siempre, muchísimo ingenio. Ánimo, aunque creo que te sobra.

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  2. Tu relato, como siempre, fantástico !! Te lo dije, ser abuela es otro nivel 😜

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  3. Qué bonito, Yayo, que forma de expresar tu amor a Sofía😘😘

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  4. Otra vez bien agüela, te van a tener que dar el Premio Noble.

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  5. Precioso relato -y real como la vida misma- aunque en el papel de reciente abuelo - y por dos veces-. FANTÁSTICO!!😘

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  6. Tan bueno como siempre!! Eres una Crak 👏👏

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  7. Magnífica reflexión, me he sentido muy identificada. Enhorabuena, amiga 💜

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