Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de diciembre, 2019

51. Champú de camomila

Salí de la consulta del cardiólogo con un diagnóstico claro, preciso y por escrito. Salí con el firme propósito de cuidarme y de caminar todos los días. Me coloqué los auriculares para, al ritmo de rock urbano, dar mi primer paseo obligado, pero las piernas pesaban demasiado y la cabeza volaba a su antojo. Cuando el grupo empezó a cantar: “… tenía el corazón alicatado hasta el techo”, no lo dudé y cogí ese autobús de línea que me acercaba a casa. Que me acercaba a la ya consabida soledad y frustración. Los asientos de minusválidos estaban libres, pero estar pendiente de todos y cada uno de los que suben, para saber si les tengo que ceder el sitio, me produce desasosiego, así es que dirigí mis pasos hacia la parte trasera, para  sentarme en un lateral escondido. Intentaría cerrar los ojos y, como en los metros de ciudades grandes y cosmopolitas, dormitar y despertar, justo cinco segundos antes de llegar a mi parada, como si un mecanismo interno se accionara dentro del cerebro. P

52. Yoga

Nos apenó que no le quedara ni un recuerdo para rellenarlas . Era como un ritual, toda la familia se congregaba, en la sobremesa de los domingos, en torno a la abuela para jugar a llenar de recuerdos las dos cajas de cristal. Solo pretendíamos que no estuviera sola y que fuera feliz. Queríamos que mantuviera vivo su pasado y su gran amor, nuestro abuelo, pero ella era así: desconcertante. ¡Qué manía con hablar del pasado y todo lo que he vivido! Ya os he dicho que no me acuerdo de nada, que carpe diem . Soy vuestra abuela,   pero ser mayor, de por sí, no es una enfermedad. Así que, abreviad con vuestros jueguecitos, que he quedado a las 5 para tomar café con mis compañeras de yoga. Yayo Gómez 11/12/2019

55. La última cena

Si dijera que sentí dolor, mentiría. Podría haber sentido una punzada seca, como si una estaca de madera me hubiera atravesado el corazón. Podría haber sentido, al menos,   una leve cardiopatía. Pero no. Estábamos cenando, cuando mi marido, como siempre, dando órdenes, pero esta vez con gesto compungido me   dijo: “Te voy a dejar, intenta comprenderme y no te lo tomes a la tremenda”. A continuación, y sin el menor atisbo de empatía   remató la frase con: “trae más pan de la cocina”. Dando brincos, y con una risa escandalosa, fui a la cocina, sí, pero para descorchar la botella de cava que tenía reservada para la ocasión. Llevaba cuarenta años esperando. 02/01/2020