Soy una chica muy guapa de pelo. Mi melena, con vida propia, habla por mí: carácter, fatiga, urgencia. Y sí, también libertad. Me acompaña una inteligencia natural, bien condimentada con miedos, fobias y rarezas. Disfruto con el tonteo, con un roce irreverente… y con el gazpacho de mi madre, que nunca falla. Siempre digo que escuchar es un don, y yo lo tengo. Cuento con amigos, familia, pareja, y ¡ojo!... casa, que se dice pronto. Por no hablar de mis carnes duritas, cerebro avispado y presencia elegante. Flexible en empeine, hombros y caderas. Mirada profunda, conversación chispeante y carácter irresistible. Está feo que yo lo diga, pero me sobran cualidades: ingeniosa, atrevida, discreta, buena persona. Y un mogollón que se me olvidan. Soy afortunada. ¿Soy afortunada? Sí, coño, claro que lo soy. Quizá debería trabajar un poco la empatía, la generosidad, la constancia, la pereza, la puntualidad, la tolerancia, la paciencia, la modestia… y, de paso, no zamparme toda la ...
Basándome en la astrología, esa ciencia infalible donde las haya, he llegado a la conclusión de que, gracias a una confabulación cósmica entre Saturno, Júpiter y Venus, el azar quiso que coincidiéramos en espacio, tiempo y app. Nos encontramos tecleando una calurosa madrugada de agosto, con el cambio climático en modo horno turbo —a pesar de los negacionistas—, con el corazón hambriento de nuevas experiencias y con un montón de gin tonics en lo alto. Dos horas de fantasías y cochinadas digitales dieron lugar a una cita in situ, o como se diga. Nos encontramos, nos vimos y, oh, superamos esa prueba visual implacable: altura, talla, ojos e incluso zapatos. Nos gustamos. Nos gustamos tanto que, después de cinco cervezas, nos fuimos a la cama. Te llevé a mi terreno, a mi barrio, a mi casa compartida. Tuve valor, lo sé. Pero las cosas vienen así y no vale plantearse moralidades ni estrecheces. Nos acostamos y punto. Te fuiste muy temprano. Casi me liberé con tu ausencia, pero tu olo...