Clara siempre había tenido buen ojo para detectar mentiras a kilómetros, para comprar zapatos de tacón cómodo y para esquivar hombres con más ego que neuronas. Hasta que llegó Iván. Él era distinto. No llegó en una cita, ni por una app, ni por casualidad en la cola del súper. Iván apareció entre el primer pipí y el “me tomo una pastilla”, entre los pensamientos recurrentes y el “voy por 64 ovejitas”, entre el insomnio caprichoso y ese comerse el coco porque sí, miraquesoytonta . Allí, en mitad del duermevela, se presentó sin pedir permiso: descalzo, desnudo, rebelde y sin disfraz. Tenía la voz rasposa del recién despertado, los ojos llenos de historias no contadas y una forma de mirarme que daba vértigo. Nos enamoramos en un pestañeo. Viví, gocé y narré nuestro amor incipiente con frases originales, bellas y nunca oídas. Salían sin esfuerzo, como si ellas me eligieran. Mi mente era una fábrica mágica de palabras. Estaba tan inspirada que ni siquiera tenía que corregir, bor...
Mi madre era muy católica y, tras devorar el Antiguo Testamento, descubrió que Sara, la mujer de Abraham, tenía 90 años cuando concibió. Aquella revelación bíblica la obsesionó. Decidida a seguir las Escrituras al pie de la letra, se quedó embarazada rozando los 100 años. Para lograrlo, recurrió a donantes de útero, óvulos y esperma. Cuando me parió, ya era anciana. El parto natural fue inviable. Me tuvieron que sacar por cesárea porque, con mis achaques y artrosis, no podía empujar . Así que, entre unas cosas y otras, nací con 75 años. Venía equipada de serie con mala audición, presbicia, dientes postizos y memoria frágil. El pediatra —o, mejor dicho, el geriatra— me tranquilizó argumentando que una edad tan avanzada traía esos ...