Ir al contenido principal

124. CHINO-JAPONÉS

 Nos llamamos Akina y Yamato Tanaka. Llegamos a Sevilla una calurosa tarde de agosto, allá por la década de los noventa. Entonces éramos novios y vivíamos en Tokio, de donde somos oriundos. Mi otrora novia y yo pensamos que el ocho de agosto sería buen día para casarnos y tener una luna de miel como merecíamos. Nuestra vida, en lo cotidiano, era dura, durísima… trabajábamos unas setenta horas semanales y dormíamos, no llegaba, a seis horas diarias. El ritmo de nuestra ciudad, al menos antes, era trepidante, con un constante movimiento de personas que iban de un lado para otro. Gente trabajadora e inagotable.

Llegó el esperado día nupcial. Después de la boda emprendimos viaje de novios a Andalucía (España) y, en concreto, a Sevilla. Nada más llegar al hotel,  nos pareció que hacía bastante calor, pero un japonés está acostumbrado a todo y nos marcamos un ritmo frenético.

Emprendimos la ruta marcada bien temprano, buscando un buen desayuno que nos aportara todos los nutrientes para afrontar la dura jornada: bol de arroz, un huevo crudo, algas y un plato de brotes de soja. Como no había casi nada abierto, optamos por lo único que nos ofrecían: un chocolate con churros. Pasada una hora, cuando íbamos dirección a la Catedral, la digestión nos estaba resultando muy pesada y molesta, pero no quisimos decaer y, pese a los fuertes dolores de estómago, nos dispusimos a visitar el afamado templo. Tuvimos que esperar tres horas en la puerta porque no abrían hasta las once.

Ya a las cuatro de la tarde, tocaba la siguiente escala: Plaza de España. Optamos por no almorzar debido a la pesadez que aún perduraba. La guía de viaje Lonely Planet aconsejaba fijar la atención en  su decoración de azulejos, sus  fuentes, el lago y, sobre todo, en su ambiente, algarabía y voces festivas que, según decía,  la rodean en cada momento. Pero, qué vida, si no hay un alma por la calle, ¿dónde está la gente?  —pensábamos nosotros, La verdad es que hacía algo de calor, pero nada que un japonés no pudiera aguantar.

Había unas barquitas en un canal navegable y como nadie las atendía, dispusimos de una y atravesamos los cuatro puentes. Los chorreones de sudor ya mojaban nuestras vestimentas, así y todo también recorrimos casi entero el camino de bancos que bordean la plaza y que, en orden alfabético, representan a las provincias españolas. Eran las cinco en punto de la tarde, ya lo presagiaba García Lorca, cuando, a la altura del banco de  Zamora,  Akina se desmayó. El calor, ya a esa hora insoportable, los churros que aún hacían mella o el cansancio, hicieron que mi querida esposa perdiera el conocimiento.

En inglés, como marcan los cánones del turista internacional, pedí ayuda al encargado de las barcas, que ya había vuelto de comer. El buen hombre no entendía pero se imaginó lo que pasaba. Insistió en que esa hora de calor asfixiante estaba reservada para la siesta y que si queríamos conocer Sevilla, por ahí era preceptivo empezar, por imitar sus sabias costumbres. Me dijo sonriendo si yo era chino-japonés, yo le contesté que no tenía nada que ver una cosa con la otra, pero no me creyó y me respondió: Anda que no…

Nos fuimos al hotel y ya salimos por la noche, a la fresquita. La ciudad tímidamente se fue llenando de alegría, de vida y de gente. Caímos subyugados ante el encanto. A la semana ya trabajábamos en Toyota Motor. Y… hasta hoy. Tenemos dos niñas: Alma y Estrella que solo tienen de orientales los ojos achinados, quiero decir ajaponesados

 



03/03/2021

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Imaginar emociona (Primer premio (Literatura) en I Certamen Artístico Cultural cREA)

  En un estudio científico y estadístico —realizado, eso sí, a puro cálculo visual—, entre los asistentes a un concierto, llegué a un postulado inapelable: solo un 5% de la población goza del privilegio de destacar en altura, rasgos o peso. Pues bien, puedo asegurar, sin margen de error, que él no pertenecía a esa exclusiva minoría. No. Él era feo, pero no un feo común, sino un feo con historia, con kilómetros recorridos. Avejentado para su edad y visiblemente estropeado por los excesos y la mala vida. Debo admitir, con cierto bochorno, que no era solo feo, sino también desagradable. Olía a tabaco, a cerveza y a varios días sin ducha. Una pena, de verdad. Entonces, ¿qué me motivó a propiciar ese encuentro fortuito? En el fondo, creo que para conocer la verdadera razón habría que hacer otro estudio, aunque esta vez no tan científico, sino uno que indagara en la gran incógnita de la humanidad: ¿por qué hacemos cosas que claramente nos perjudican? En mi caso, quizás fue la pereza,...

De cómo mi calentamiento se hizo viral (1º finalista-Concurso microrrelatos "La Naturaleza nos habla")

 Hola, soy @GlobalBio, EcoTiktoker azul. Antes me llamaba Naturaleza pero nadie me hacía caso. Mandaba incendios, DANAs, olas de calor… y nada: solo peleas entre partidos, colas para comprar aire acondicionado y   fotos  achicharrándose en los atardeceres. Así que pensé: nueva era, nuevo algoritmo. Si no te adaptas, te extingues. Ahora soy influencer de manual. Vivo en Andorra: poca contaminación, más calma y menos impuestos, como debe ser. Mi vida es dura. Lo confieso: no me encuentro bien. Siento cada vez más calor. Estoy agotada. Aun así, hoy hice mi directo con unas décimas de fiebre. Dicen los expertos que es una ecogripe. Pero, enferma o no, se hacía necesario lanzar mi mensaje: paremos este circo . Cuando estaba en mitad del live , me desmayé. Caí redonda. Y fue justo en ese momento cuando se dispararon los corazones rojos... Estaba gustando. No sé si fue por mi destemplanza, mi cambio de estrategia o por puro morbo, pero funcionó: esta vez me escuc...

Cuestión de genes

  Los Figueroa de la Cruz, Marqueses de la Balconada y mis padres, para más señas, son una pareja de alto standing , ricos en patrimonio, inteligencia y blasones. De forma natural, han seleccionado su especie durante generaciones. De aspecto escandinavo, pero oriundos de Cáceres —ellos y los Borbones, muy a mi pesar, elevan las estadísticas de la altura media nacional—. Son amantes de la música, el arte y los idiomas. Brillan por su físico y su intelecto. Ahora bien, debo comentar, aunque solo sea de pasada, que también son arrogantes, engreídos y altaneros, amén de ultraconservadores. Un primor de progenitores. Quizás por ser el único hijo —y, por tanto, primogénito de la familia—, quizás por compartir como morada la misma casa palacio, quizás por vivir en primera persona el grado cero de empatía de mis ascendientes, o quizás por todo ello, siento la necesidad de relatar mi vida. Según me cuentan, cuando nací, mis congéneres se quedaron perplejos y estupefactos. ¡Oh, Dios...

Tacones más sensatos que lejanos

                    Yo quería ser chica Almodóvar, como Penélope Cruz en Volver , ocultando el cadáver del marido en un arcón congelador. Pero, para mi infortunio, ese universo ochentero y glamuroso se escapó mientras trabajaba como maestra en una escuela de un pueblo perdido en la sierra de las Villuercas. Hoy, uso tacones más sensatos que lejanos. Ya soy mayor, abuela, y tengo pocas ganas de ese mundo de lucimiento y trasnocheo. El manchego, en cambio, sigue imparable: ha triunfado en Venecia y posa, flanqueado por dos bellezas de piel lechosa, altísimas y que sólo se entienden en inglés: sus nuevas chicas. Cuando pensé que había perdido el tren de la fama, de los cócteles y vestidos llamativos, caí en la cuenta de que vivo en Extremadura, y que ese tren de mi vida salió de la estación con horas de retraso y terminó averiado en mitad de una dehesa y de la noche. ¿Un desastre ferrovia...

Espejismo en el Nilo

  El último día de vacaciones quiero que sea el más tranquilo, un respiro después de todo lo vivido. Han quedado atrás las largas excursiones al desierto, el madrugón diario para contemplar los templos al amanecer, los grupos de turistas atiborrados de cámaras y fascinados por las pirámides, los vendedores de especias que no sabían cuándo rendirse, el caos de motocarros, calesas y el bullicio constante de personas deambulando por las calles, los tés con menta servidos a cualquier hora, el sol abrasador, las ancestrales filas separadas por género en terminales internacionales, los museos repletos de tesoros de valor incalculable y el heroico guía que, con paciencia infinita, nos sumergía en la historia como si fuera su propia vida; entre ruinas y explicaciones interminables, luchaba contra el calor y la fatiga para mantenernos cautivos de su relato. Este sorprendente país es una maravilla, pero mi cuerpo ya no puede con más. Como broche final y para ponerle paz a tanto aje...

Casi algo (Texto publicado en el número 63 de la revista SPECVLVM. Club de Letras de la UCA)

Basándome en la astrología, esa ciencia infalible donde las haya, he llegado a la conclusión de que, gracias a una confabulación cósmica entre Saturno, Júpiter y Venus, el azar quiso que coincidiéramos en espacio, tiempo y app. Nos encontramos tecleando una calurosa madrugada de agosto, con el cambio climático en modo horno turbo —a pesar de los negacionistas—, con el corazón hambriento de nuevas experiencias y con un montón de gin tonics en lo alto. Dos horas de fantasías y cochinadas digitales dieron lugar a una cita in situ, o como se diga. Nos encontramos, nos vimos y, oh, superamos esa prueba visual implacable: altura, talla, ojos e incluso zapatos. Nos gustamos. Nos gustamos tanto que, después de cinco cervezas, nos fuimos a la cama. Te llevé a mi terreno, a mi barrio, a mi casa compartida. Tuve valor, lo sé. Pero las cosas vienen así y no vale plantearse moralidades ni estrecheces. Nos acostamos y punto. Te fuiste muy temprano. Casi me liberé con tu ausencia, pero tu olo...