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ME MORÍA POR ÉL

Hace muchos, muchos años, allá por la era terciaria, yo era una niña buena. Estudiaba y me educaba en un colegio de monjitas, que también eran muy buenas: sor Carmen, con sus sermones; sor Rosa, con sus maneritas; sor Josefina, con su armonio.  Al salir a mediodía coincidíamos con los niños del cercano colegio de curas. Ellos no eran tan buenos y nos pintaban con tiza una cruz, casi indeleble, en el uniforme azul marino. Entre el grupo de aspirantes a  asaltantes callejeros estaba él. Él no era como los demás, él era tranquilo, tierno, dulce y romántico. O, al menos, así me lo había inventado yo.

Un viernes por la tarde, para mi sorpresa, no sé ni cómo consiguió el número, llamó a casa. Desde un teléfono fijo, ahora de estilo retro, colocado en el comedor y rodeada de toda la familia que estaba merendando, hablamos por primera vez. Me latía el corazón desaforadamente, me temblaban las piernas…Creo que me moría por él.

Quedamos para ir al cine Imperial, a las cinco de la tarde del domingo. Y allí nos vimos, en la puerta. Tímidamente, nos sentamos en unas gradas de madera colocadas en lo más alto del gallinero. A los diez minutos de empezar la película, ya ni recuerdo el título, qué más da, me tocó el codo. Creo que tuve un orgasmo codil, o como se llame, porque me latía el corazón desaforadamente, me temblaban las piernas…Creo que me moría por él.

Desde entonces nos hicimos novios. Él salía con sus amigos y yo con mis amigas, pero coincidíamos de vez en cuando y, torpemente, nos besábamos. Nuestro deseo era estar aún más juntos. Era estar solos en un lugar cerrado y dar rienda suelta a nuestra imaginación. Maquinando concienzudamente, llegamos al único habitáculo en donde podíamos saborearnos sin que nadie nos viera: la caseta de madera roja y blanca de la playa. Estaba ubicada en medio de la arena seca y, a modo de trastero, pero con llave, se alquilaba para toda la temporada estival. Este secreto hacía que me sintiera menos buena, pero es que me latía el corazón desaforadamente, me temblaban las piernas…Creo que me moría por él.

Sin pensarlo, un domingo, a las doce del mediodía, conseguí la dichosa llave y allá que nos fuimos. Hacía mucho calor y la playa estaba a rebosar de matrimonios con tortilla y tintos de verano, de abuelas sentadas bajo la sombrilla y de niños molestando con la pelotita. La caseta era diminuta y estaba llena de sillas, mesas playeras y toallas con un olor reseco mezcla de ortiguilla y de agua del mar, pero a mí me latía el corazón desaforadamente, me temblaban las piernas…Creo que me moría por él.

Después de algunos besos, nos desnudamos e intentó introducir lo que sea, que no llegué ni a verlo, entre mis piernas, pero aquello no entraba, se resbalaba, no sé si por el sudor, el calor o los nervios. Algo fallaba. Entre empujón y empujón soltaba un “ay, ay”, me figuro que de emoción. Debido a la fuerza que estaba haciendo, se cayeron del cáncamo las mesas y las sillas. Yo también solté un “ay, ay”, pero el mío era seco y cortante; es que se me estaba clavando la punta de la sombrilla en el pie. Nuestro nidito de amor seguía temblando y se mecía con estrepitosos vaivenes.

Cuando dimos por finalizado el acto, o lo que fuera, y abrimos la puerta de la minúscula caseta, esta estaba descolocada un par de metros e inclinada como la famosa torre. Por lo visto, era tal el estruendo y el alboroto que habíamos formado, que las abuelas dejaron las revistas del corazón, los niños, la pelota y hasta los padres soltaron, por un momento, sus tintos para vitorear todos al unísono: “Bravo, bravo”.

Me latía el corazón desaforadamente, me temblaban las piernas…Creo que me moría, pero ahora…de vergüenza.

 


28/12/2023

Comentarios

  1. Como siempre, recreas perfectamente a los personajes. Esa primera persona da juego para revivir situaciones que al contarlas resultan divertidas (aunque siempre con ese fondo de realidad inocente y desinformada de aquel entonces) irónicas, profundas y naturales. Muy cercanas las escenas, visuales en los detalles y naturales al contar, pero precisas. Divertido.

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  2. Las de cemento (supongo) eran más seguras, al menos no se movían. 😜👏👏👏👏👏

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