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220. UN ENTIERRO DIFERENTE

Quizás eras inteligente, fuerte y generoso; esa prestancia, esos andares, ese yo que sé o quizás yo exageraba un poco. Quizás te quise desde que te conocí o quizás no te quise o quizás yo que sé. Este “To be or not to be shakesperiano” me tiene loca. Quizás estabas ahí, empeñado en evitar todos los protocolos previos, en dejar fluir las cosas. Quizás, era la ocasión y la aprovechamos. Nos acostamos el mismo día de nuestro primer encuentro, ¿o quizás no nos acostamos? Recuerdo que ibas con tu bata blanca, personalizada con el bordado de tus iniciales en letra azul y pastelosa, yo, más sencilla, llevaba el pijama verde de quirófano.

            Quizás fue detrás de la puerta de la sala de rayos, eso sí lo recuerdo vagamente, porque las máquinas imponían su presencia y, de vez en cuando, transmitían un sonido sordo como intentando decir: eso aquí no se debe hacer porque puede llegar una urgencia. Quizás el morbo de sentirnos sorprendidos era lo que más me ponía, más que tu bata, tu prestancia o tus andares, quizás.

            Quizás los encuentros se sucedieron tres veces por semana, quizás después pasaron a dos y creo que, quizás, en poco tiempo, me dijiste que estaba mal lo que hacíamos y que, mientras me penetrabas, te acordabas de tu pobre mujer y de tus hijos… Quizás, con ese comentario, me cortaste el orgasmo del turno de mañana final del trayecto.

            Quizás cuando todo terminó, ni te añoré, la vida siguió y yo con ella.

Quizás ese frio día, después de treinta años, cuando te encontré en el entierro del Jefe de Servicio, me devoraste con la mirada, con deseo, con furia, y me dije: pues quizás me lo ligue otra vez. Quizás por eso nos sentamos en el último banco de la iglesia, divisando en la lejanía a los dolientes y al acompañamiento. Cuando el oficiante dijo: “levantemos el corazón” y todos respondieron al unísono: “lo tenemos levantado hacia el Señor”, aproveché y deslicé, suavemente, mi mano por tu bragueta. Noté cómo tu miembro crecía, claro que no tanto como en la recordada sala de rayos, el tiempo no perdona. Tú me correspondías introduciendo tu mano helada por mi escote, del respingo que di se me cortó la respiración. Aunque seguimos con nuestros torpes toqueteos, sin darnos mucha cuenta, oímos a lo lejos: “Podemos ir en paz”. Recompusimos nuestras posturas y colocamos nuestras ropas. Al salir de la iglesia, y para entrar en calor, fuimos a desayunar a la cafetería de enfrente.

            Quizás me gustó más el croissant con chocolate caliente que ese encuentro fortuito o quizás ya eras pasado, estabas jubilado y no llevabas tu elegante bata bordada. Quizás ya no tenías esa prestancia y esos andares.

Y quizás ese sea el entierro más entretenido al que he asistido.


 

 

07/02/2023

           

Comentarios

  1. Bien los recursos, estructurs, el tono... el desenfado del "quizás" lo hace sugerente sin dejarnos casi respirar en el recordatorio. Buen relato.

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