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200. ODIO A MI HIJO

Así comenzaba un monólogo, por cierto, magníficamente interpretado por una maestra, metida a cómica por pura afición. Mi primera reacción fue de sorpresa. A medida que transcurría su afanoso soliloquio, la protagonista, ya entrada en años, exponía, en primera persona, los motivos que le conducían a esta afirmación tan redonda, rotunda y cruel. Poco a poco te iba convenciendo de que para ser madre hay que echarle una cierta dosis de masoquismo.

Decía esta alegre docente que, cuando empiezas en esta batalla, le comentas a tu pareja, cónyuge o similar: “Qué ilusión me haría tener algo nuestro, pero... nuestro, nuestro, que nos una para toda la vida”. Y ni corta ni perezosa empiezas con la parte más placentera de toda esta historia, por lo visto interminable: la parte sexual. A los dos meses de los agradables encuentros amorosos, ya estaba ahí, en mi vientre. Nuestro primer contacto fue visual, a través de un monitor y con un doctor, a medio metro, divisando mis labios mayores y menores. Su corazón latía rítmicamente y parecía un renacuajo, pero era mi hijo… ¡Qué ilusión!

Cuando la barriga fue abultándose, me gustaba tocarle abrazando cálidamente mi cintura, era un roce suave, como un cosquilleo en el alma, si es que existe, y pensaba: “Estate quieto ya, cuánto te mueves, ¿no serás hiperactivo?” Su pierna sobresalía unos cuatro centímetros de mi tripa, creo que esa era su manera de corresponder a mi ternura.

Pasados el embarazo y el parto, viene el encuentro real y contundente: te dan el alta en el hospital. Llegas a casa con una personita que no habla, no ve, solo come, duerme y… llora, pero que al tocarla se te abre el corazón, quieres pellizcarla, achucharla y comértela toda. Qué cosita más jugosa, mis dedos se deslizan por su carita, con un toqueteo que huele a inmensidad. Todos van y vienen con sus regalos y halagos, pero yo siempre ahí con la teta al aire, pañales y baños. ¡Qué bonito y maravilloso! He parido a una personita que, por cierto, cuando te mira tuerce un ojo. ¿Será bizco? Toco madera.

Sigue comiendo, durmiendo y, a veces, llorando. Y sin darme cuenta, empieza a hablar, dijo: “Mamá”, o algo similar. ¡Pero qué listo! Yo me derretía, lo comía a besos, lo abrazaba  y tenía le espalda hecha polvo de recogerlo del suelo cuando se caía.

Ya anda y va a la guardería. Según su profesora de maternales es muy inquieto y travieso. Cuando paso a recogerlo, me bombardea de quejas. Me dan ganas de pellizcarle, pero ahora de verdad. ¡Jodío niño, no para quieto! Ha salido igualito a su abuelo, por parte de padre.

La cosa se pone seria cuando los sucesivos profesores me informan de lo mismo. El niño sigue hablando, pero parece que el tono sube en el escalafón musical. Ya no llora, grita. No me dice mamá, sino pesada. Uf, algo nuestro, ahora resulta que como ha salido rana, es solo mío. Mi pareja ha desaparecido, y a cambio me ha dejado la pensión estipulada por el juez. Ya no me dan ganas ni de rozarle, siento como alergia a su piel. Esto es un sin vivir.

En la adolescencia, ni te cuento. Dicen los psicólogos que te odian. Mientras tu piensas: ¿A mí? Pero si no me he portado mejor con nadie en mi vida. ¿Qué querrá, que me flagele si se me pegan las lentejas? Desde la mañana a la noche se suceden diálogos de besugos  y poco más. Afirma mi hijo que no tengo tacto. ¿Qué no tengo tacto? Lo que no sabe el susodicho es que cuando le acaricio esa cara llena de granitos y le deseo las buenas noches, es porque estoy haciendo la terapia que me ha recomendado el psicólogo, al que he acudido por mera supervivencia.

Al llegar la juventud, la tensión se calma un poco, ya hace lo que realmente quiere —bueno, antes también lo hacía—, es como si hubiera tirado la toalla. Callo para no discutir. Ya creo que nos besamos una vez al año, cuando en la Nochevieja terminan de dar  las campanadas.

Paradójicamente, al irse de casa es cuando volvió a mi vida. Dice que me valora, que cocino muy bien, que mis consejos le sirven y hasta se acurruca a mí, con timidez, viendo la tele.

Comparo, para terminar, tener un hijo con una hipoteca. Con el préstamo viene la casa de tus sueños pero también el pellizco monetario mensual y con el hijo, un sentimiento especial, maravilloso y único, que lleva consigo ese comecome para toda la vida.

 Por cierto, además de maestra y monologuista, soy la fundadora del Club de las malasmadres.

 

16/10/2022


 

Comentarios

  1. Introduces con maestría a través del título y la monologuista, de esta forma das paso a la primera persona que nos cuenta esa realidad, sin dejar en ese recorrido buenos guiños, las contradicciones sentimentales y esas verdades de boca pequeña que producen sonrisas. La forma de exponer, de deducir, de dudar y de hacerse preguntas, es explícita y le da mucha coherencia al texto... hace pensar.

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