Ir al contenido principal

182. NI EL PADRE NI EL HIJO NI EL ESPÍRITU SANTO

Me llamo María Magdalena, a secas, sin apellido de padre ni de marido. Soy una mujer librepensadora, influyente y adinerada. Poco a poco y buscando dar sentido a mi vida, me fui integrando en un nuevo movimiento social: el grupo de fieles seguidores de un revolucionario mitinero que estaba predicando el reino de un nuevo dios. Allá donde iba ese incipiente salvador de las almas, allá iba yo. Me convertí en  su bastón, su sombra, su consuelo. Y sin ser consciente, me convertí también en activa organizadora de su campaña electoral, es decir, en su Miguel Ángel Rodríguez de la Comunidad de Madrid, versión Judea, pero sin empujones a periodistas.

            Lo que nadie sabía, aun siendo un secreto a voces, es que entre Jesús y yo había un feeling especial. Que nos enamoramos desde el primer encuentro, que éramos amantes, amigos y que manteníamos una apariencia ficticia ante su exacerbado club de fans, que oliéndose algo y por la bajini, comentaban que yo era adúltera, pecadora y poseída por siete demonios. Me daba igual, yo adoraba, en el sentido amplio de la palabra, a mi dios. Teníamos muchos planes pero un gran hándicap: Jesús debía morir crucificado en el Monte Calvario. Al dedicarse él, en exclusividad, a sus discursos, milagros y demás menesteres propios de futuros dioses, fui yo la que se encargó de deshacer este galimatías. Deberíamos huir juntos a cualquier país que nos diera asilo eclesiástico, dejar atrás a toda esa pléyade de simpatizantes y vivir intensamente nuestro amor.

            Como buena jefa de gabinete tramé un plan, que la verdad, está feo decirlo, pero hasta ahora, en este justo momento en el que yo libremente lo relato, no ha sido descubierto ni por los más fervientes doctores de la Iglesia. Me explico: cuando llegó el día D, apresaron a nuestro redentor y lo crucificaron; yo siguiendo el guion trazado, me fui al monte Calvario y coloqué mi cuerpo, hecha un mar de desconsoladas lágrimas, debajo de la cruz, esperando pacientemente a que nuestro señor Jesucristo simulara dar su último suspiro. Cuando maltrecho y dolorido ladeó su cabeza, según lo previamente ensayado, sin más preámbulo ni autopsia, y por orden de Poncio Pilato, sepultaron al supuesto difunto. Hasta aquí todo lo archiconocido por las sagradas escrituras, es ahora cuando viene mi actuación casi merecedora de un óscar: en la mañana del domingo, entre fingidas lágrimas comenté a Mateo que el sepulcro estaba vacío —yo en mi papel lloraba y lloraba—, pero le dije que no se preocupara porque se había aparecido un ángel dándome la buena nueva de que Jesús no estaba allí porque había resucitado de entre los muertos y que ya se había reunido con su padre. Mi fantasía se disparó y, para dar una nota animalista, improvisé diciendo que padre e hijo adoptaron a  una paloma a la que llamaron Espíritu Santo y que los tres se dedicarían a protegernos in sæcula sæculorum.

Después de esto, algunos dicen que vieron a Jesús por aquí y por allá, pero nada más lejos de la realidad. Desde entonces vivimos en Suiza y somos muy felices. Ahora lo sabéis, fui yo la que se inventó esta historia que pasó a la historia. Ya te digo.


 

19/04/2022

Comentarios

  1. Es un texto cómico, hilirante y por qué no irreverente. Prevalece el ingenio en esas ideas de ayer y de hoy que eres capaz de simultanear e incluso comparar. La elección de María Magdalena, la interpretación de las escrituras y el tono narrativo no nos deja impasibles.

    ResponderEliminar
  2. Le imprimis tu sello personal al reescribir la historia, con crítica mordaz. La estructura va despertando el pensamiento del lector. El desenlace realza y divierte,es fresco y natural.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

La culpa la tuvo Sara (ganador en el III Concurso de Microrrelatos AVV Muñoz Arenillas (Cádiz)

                                                                  Mi madre era muy católica y, tras devorar el Antiguo Testamento, descubrió que Sara, la mujer de Abraham, tenía 90 años cuando concibió. Aquella revelación bíblica la obsesionó. Decidida a seguir las Escrituras al pie de la letra, se quedó embarazada rozando los 100 años. Para lograrlo, recurrió a donantes de útero, óvulos y esperma. Cuando me parió, ya era anciana. El parto natural fue inviable. Me tuvieron que sacar por cesárea porque, con mis achaques y artrosis, no podía empujar . Así que, entre unas cosas y otras, nací con 75 años. Venía equipada de serie con mala audición, presbicia, dientes postizos y memoria frágil. El pediatra —o, mejor dicho, el geriatra— me tranquilizó argumentando que una edad tan avanzada traía esos ...

Y EL SÉPTIMO DÍA DESCANSÓ (Texto publicado en el núm 56 de la revista SPECULUM (Club de Letras de la UCA)

 Él es el más alto. Él es el más tranquilo. Él es el más confuso. Él es el más sibarita. Él es el más amortiguado. Ella, ella es la más espiritual. Estos son mis seis novios, con arroba incluida. Cada día de la semana le toca a uno. En una hoja Access voy anotando: nombre, aficiones, conversaciones frecuentes y apetencias sexuales. Que no quiero herir sensibilidades.             El más alto se llama Jesús, es de Sevilla, como el Jesús del Gran Poder y para más INRI, nunca mejor dicho, siempre tiene cara de pena, pero besa bien, por eso le he asignado el lunes, para ir entrando poco a poco.             El martes tengo a Lorenzo, el más tranquilo. Siempre llega tarde. Le tengo que recordar que no tenemos todo el día; que contra pereza, diligencia. Le tengo que recordar que empiece por arriba pero que se pare, sin prisas y con esmero, donde él sabe. El más confuso, si...

Imaginar emociona (Primer premio (Literatura) en I Certamen Artístico Cultural cREA)

  En un estudio científico y estadístico —realizado, eso sí, a puro cálculo visual—, entre los asistentes a un concierto, llegué a un postulado inapelable: solo un 5% de la población goza del privilegio de destacar en altura, rasgos o peso. Pues bien, puedo asegurar, sin margen de error, que él no pertenecía a esa exclusiva minoría. No. Él era feo, pero no un feo común, sino un feo con historia, con kilómetros recorridos. Avejentado para su edad y visiblemente estropeado por los excesos y la mala vida. Debo admitir, con cierto bochorno, que no era solo feo, sino también desagradable. Olía a tabaco, a cerveza y a varios días sin ducha. Una pena, de verdad. Entonces, ¿qué me motivó a propiciar ese encuentro fortuito? En el fondo, creo que para conocer la verdadera razón habría que hacer otro estudio, aunque esta vez no tan científico, sino uno que indagara en la gran incógnita de la humanidad: ¿por qué hacemos cosas que claramente nos perjudican? En mi caso, quizás fue la pereza,...

Tacones más sensatos que lejanos

                    Yo quería ser chica Almodóvar, como Penélope Cruz en Volver , ocultando el cadáver del marido en un arcón congelador. Pero, para mi infortunio, ese universo ochentero y glamuroso se escapó mientras trabajaba como maestra en una escuela de un pueblo perdido en la sierra de las Villuercas. Hoy, uso tacones más sensatos que lejanos. Ya soy mayor, abuela, y tengo pocas ganas de ese mundo de lucimiento y trasnocheo. El manchego, en cambio, sigue imparable: ha triunfado en Venecia y posa, flanqueado por dos bellezas de piel lechosa, altísimas y que sólo se entienden en inglés: sus nuevas chicas. Cuando pensé que había perdido el tren de la fama, de los cócteles y vestidos llamativos, caí en la cuenta de que vivo en Extremadura, y que ese tren de mi vida salió de la estación con horas de retraso y terminó averiado en mitad de una dehesa y de la noche. ¿Un desastre ferrovia...

¿VEINTE? (2º premio VIII Edición del Certamen Literario “La Arboleda Perdida” Puerto de Santa María)

  ¿VEINTE?   Una, dos, tres. De pequeña me apodaron “la Santita” porque era tierna, noble y obediente. Cuando a mediodía llegaba del colegio, tanto los vecinos como mi madre me tenían preparada una lista de recados varios: “Niña, baja a por una hogaza de pan para doña Manuela, la del cuarto y, de paso, vas a la frutería, compras un kilo de naranjas de las tontas y le pides a Ramón un poquito de perejil”. Y allá que iba yo, sin rechistar y con agrado, a hacer felices a todos. Las monjitas, y en especial sor Carmen, me trataban de una manera especial, porque especial era yo. Todos cuchicheaban que mi bondad y mi inocencia eran contagiosas y que mi manera peculiar de mirar y de hacer las cosas, me hacía encantadora. Un primor de niña. Una santita, como mi apodo. Cuatro, cinco, seis. Terminado el bachillerato y la universidad, llegó el momento de oficializar mi bondad y tomé una decisión que marcaría mi vida.   Me metí a monja. Me metí a monja seglar, porque yo quería ...

De cómo mi calentamiento se hizo viral (1º finalista-Concurso microrrelatos "La Naturaleza nos habla")

 Hola, soy @GlobalBio, EcoTiktoker azul. Antes me llamaba Naturaleza pero nadie me hacía caso. Mandaba incendios, DANAs, olas de calor… y nada: solo peleas entre partidos, colas para comprar aire acondicionado y   fotos  achicharrándose en los atardeceres. Así que pensé: nueva era, nuevo algoritmo. Si no te adaptas, te extingues. Ahora soy influencer de manual. Vivo en Andorra: poca contaminación, más calma y menos impuestos, como debe ser. Mi vida es dura. Lo confieso: no me encuentro bien. Siento cada vez más calor. Estoy agotada. Aun así, hoy hice mi directo con unas décimas de fiebre. Dicen los expertos que es una ecogripe. Pero, enferma o no, se hacía necesario lanzar mi mensaje: paremos este circo . Cuando estaba en mitad del live , me desmayé. Caí redonda. Y fue justo en ese momento cuando se dispararon los corazones rojos... Estaba gustando. No sé si fue por mi destemplanza, mi cambio de estrategia o por puro morbo, pero funcionó: esta vez me escuc...

ILUSIÓN DE VERDAD (Primer premio en la VII Edición del Certamen Literario “La Arboleda Perdida” Puerto de Santa María .Cádiz)

Hoy puedo decir con orgullo que a los veinte años me he convertido en un pez, en un pez raya, para ser más exactos. Vivo, nado y floto en la costa de El Puerto de Santa María. Sí, así como suena. Me he convertido en un pez difícil de ver, mi cuerpo es plano, más ancho que largo, de color tirando a gris y con mucho vivido a mis espaldas o como, en este caso, se diga. Pero eso no lo puedo contar todavía. Aún no. Quizás, para entrar en el meollo del asunto sea conveniente escarbar en la verdad de mi vida y de mis recuerdos. Todo empezó algunos años antes, cuando era pequeño. En aquel entonces, yo tenía cuerpo humano pero no me notaba notado. Mi carácter era anodino, insustancial   y si, en ocasiones,   me ponía farruco mi madre se acercaba con dos intenciones de alpargatazos y el tema quedaba zanjado. En el fondo, me sentía tan poco importante como la virgulilla en los teclados ingleses. Llenaba mis días de desaliento, de falta de ganas. Por todo ello, al llegar a los quinc...

Camarero, ¿me pone una caña?

  La soledad me fascina. Puedo decir, sin orgullo, que a mis cincuenta años nunca he tocado un cuerpo que no fuera el mío. No he tenido vínculos reales, ni novios ni amigos ni nada que se le parezca porque me gusta vivir sin riesgos, sin disgustos, sin altibajos. Me he hecho adicta a no dar explicaciones, a mi espacio, a dormir en diagonal, a… Y es que, para mí, m antener una relación interpersonal fluida y sana, en vivo y en directo, se ha convertido en una utopía. Bueno, a ver si me explico para que se me entienda. Algo ha habido por ahí, pero nada que ver con los convencionalismos ni con lo establecido. En mi juventud me enamoré de Mike Jagger, el vocalista de los Rolling Stone. Tenía un poster, tamaño natural, en la puerta de mi armario. Hablaba con él, por cierto, en español, porque el inglés se me da fatal, le contaba de mi vida y de mis suspensos. Él hacía como que escuchaba, miraba y no sé si sonreía. Un novio perfecto. Soy consciente de que me doblaba la edad, pero...

HUESO CONTRA HUESO (Ganador del II Concurso Nacional de microrrelatos. CPA de Isla Cristina)

 Con ese crujido premonitorio de rodilla noté que algo barruntaba a mi alrededor. Ese chasquido seco, no audible, inarmónico y esas burbujas que estallaban dentro de mi articulación podrían pronosticar artrosis, desgaste de menisco o un cambio en la humedad del ambiente. Podría augurar que ya era mayor. Pero no. En mi caso, esa fricción de hueso contra hueso presagiaba la mejor versión de Kramer contra Kramer que hubiera imaginado.             En los eternos anuncios publicitarios de la película que estábamos viendo y con un tímido balbuceo, como el zumbido de un enjambre de insectos, casi insonoro, pero aclaratorio y lapidario, me dijo: “Quiero que leas una carta que te he escrito y que me digas tu opinión sincera”. Acostumbrada a corregir exámenes, cogí mis gafas de cerca y me dispuse, sin dilación, a cumplir, su petición.             Pasados unos minutos y analizad...