A los veinte años nos conocimos y nuestra relación era mágica. Nos casamos y solo tenía ojos para mí y no quería que nadie me mirara y se volvió posesivo y decía que yo me insinuaba. Un día llegó enfadado y me pegó y lo vi normal y me fue apartando de mi familia y vivía solo para él y me insultaba y yo callaba y se arrepentía y me abrazaba y yo le perdonaba. Tuvimos un bebé y yo me sentía atemorizada y le volvía a perdonar. Una madrugada nuestro hijo enfermó y él lo zarandeó y yo abracé a mi retoño y salí corriendo a la calle y la boca se me secó y me encontré una fuente para beber y presioné el pulsador y brotó agua, vida y valor y… me he atrevido. Esta es mi verdad, señor agente, quiero denunciarle.
Mi madre era muy católica y, tras devorar el Antiguo Testamento, descubrió que Sara, la mujer de Abraham, tenía 90 años cuando concibió. Aquella revelación bíblica la obsesionó. Decidida a seguir las Escrituras al pie de la letra, se quedó embarazada rozando los 100 años. Para lograrlo, recurrió a donantes de útero, óvulos y esperma. Cuando me parió, ya era anciana. El parto natural fue inviable. Me tuvieron que sacar por cesárea porque, con mis achaques y artrosis, no podía empujar . Así que, entre unas cosas y otras, nací con 75 años. Venía equipada de serie con mala audición, presbicia, dientes postizos y memoria frágil. El pediatra —o, mejor dicho, el geriatra— me tranquilizó argumentando que una edad tan avanzada traía esos ...

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