A los veinte años nos conocimos y nuestra relación era mágica. Nos casamos y solo tenía ojos para mí y no quería que nadie me mirara y se volvió posesivo y decía que yo me insinuaba. Un día llegó enfadado y me pegó y lo vi normal y me fue apartando de mi familia y vivía solo para él y me insultaba y yo callaba y se arrepentía y me abrazaba y yo le perdonaba. Tuvimos un bebé y yo me sentía atemorizada y le volvía a perdonar. Una madrugada nuestro hijo enfermó y él lo zarandeó y yo abracé a mi retoño y salí corriendo a la calle y la boca se me secó y me encontré una fuente para beber y presioné el pulsador y brotó agua, vida y valor y… me he atrevido. Esta es mi verdad, señor agente, quiero denunciarle.
En un estudio científico y estadístico —realizado, eso sí, a puro cálculo visual—, entre los asistentes a un concierto, llegué a un postulado inapelable: solo un 5% de la población goza del privilegio de destacar en altura, rasgos o peso. Pues bien, puedo asegurar, sin margen de error, que él no pertenecía a esa exclusiva minoría. No. Él era feo, pero no un feo común, sino un feo con historia, con kilómetros recorridos. Avejentado para su edad y visiblemente estropeado por los excesos y la mala vida. Debo admitir, con cierto bochorno, que no era solo feo, sino también desagradable. Olía a tabaco, a cerveza y a varios días sin ducha. Una pena, de verdad. Entonces, ¿qué me motivó a propiciar ese encuentro fortuito? En el fondo, creo que para conocer la verdadera razón habría que hacer otro estudio, aunque esta vez no tan científico, sino uno que indagara en la gran incógnita de la humanidad: ¿por qué hacemos cosas que claramente nos perjudican? En mi caso, quizás fue la pereza,...

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