Desocupado lector de biblioteca, déjame contarte una historia que podría estar ocurriendo justo a tus pies. Es la historia de Guille y Lulú, dos seres fantásticos, que todos los días se encontraban en el pasillo del fondo, a la derecha, donde están la novela épica y los clásicos literarios. Allí se conocieron y allí alimentaron su amor. Allí hablaban, reían, se mordisqueaban y daban rienda suelta a la imaginación. Tenían un desarrollado gusto por los relatos legendarios, se los devoraban en un santiamén y seguían buscando el siguiente. Todo era perfecto hasta que fueron descubiertos por humanos y ordenaron una desratización. Tuvieron que desaparecer por un tiempo, pero hoy se han vuelto a encontrar y, tras un beso apasionado, lo han celebrado, zampándose “Guerra y Paz”.
Mi madre era muy católica y, tras devorar el Antiguo Testamento, descubrió que Sara, la mujer de Abraham, tenía 90 años cuando concibió. Aquella revelación bíblica la obsesionó. Decidida a seguir las Escrituras al pie de la letra, se quedó embarazada rozando los 100 años. Para lograrlo, recurrió a donantes de útero, óvulos y esperma. Cuando me parió, ya era anciana. El parto natural fue inviable. Me tuvieron que sacar por cesárea porque, con mis achaques y artrosis, no podía empujar . Así que, entre unas cosas y otras, nací con 75 años. Venía equipada de serie con mala audición, presbicia, dientes postizos y memoria frágil. El pediatra —o, mejor dicho, el geriatra— me tranquilizó argumentando que una edad tan avanzada traía esos ...

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