Ir al contenido principal

246. CUPIDO EN LA OFICINA

Hace dos años me enamoré. Andaba de paseo por mi mente, un día cualquiera del calendario, cuando levanté la vista y allí estaba, entre archivos, informes y fotocopias. Éramos compañeros de trabajo, respirábamos la misma humedad, en una oficina gris y aburrida, donde la rutina se hacía insoportable.

Sin pretenderlo, me dio el subidón de adrenalina, el embelesamiento, el me muero por ti. Mi Romeo, mi jefe, no tenía atractivo ni físico ni psíquico ni nada que se le pareciera ¿Cómo podría encontrar las palabras adecuadas para definir a una persona como él? Quizás tenía un punto frío, sin ser despectivo, algo flaco, de mal color y emocionalmente débil. Una pena de hombre. En términos literarios sería como un lugar común personificado, era lo ya conocido, lo que se debe evitar, lo que no aporta nada nuevo. Entonces, ¿por qué él? Creo que era porque estaba presente en mi vida, porque compartíamos cercanía en las mesas del despacho. Lo cierto es que el idilio surgió y concertamos una cita en la sala de reuniones, donde compartimos arrumacos y lameteos, y, como testigos mudos, los tres cuadros pintados al óleo de los fundadores de la empresa.

Durante el primer año, la novedad del amor hizo que este fuera excitante. La pasión desaforada me secuestró, me esclavizó. En el trabajo no hacía otra cosa que mirarle; me arreglaba, me pintaba y me ponía unos zapatos de tacón de aguja que hacían que me mareara, pero quería ofrecer mi mejor versión. Cuando regresaba a casa y, tumbada en el sofá, cerraba los ojos, lo idealizaba, lo diseñaba, lo pensaba y me tocaba.

El segundo año la pasión se redujo, tenía menos sexo y menos comunicación, como si los temas para charlar se fueran agotando, creo que todo se enfrió; por eso, aquel día quise atreverme a aclararlo todo, a darnos otra oportunidad. Preparé mentalmente mi discurso, practiqué en el espejo y ensayé diferentes maneras de convencerle de que debíamos luchar por nuestro amor. Lo miré tan fijamente que él se dirigió a mí y, con aire casi arrogante pero educado, me preguntó:

—¿Desea algo, señorita García?

—Pues ahora que lo dice, sí. Quiero decirle que usted y yo, señor, hemos compartido instantes especiales en nuestras vidas y en esta oficina, y creo que ha llegado el momento de dar el siguiente paso para que nuestra relación reviva. Ahora bien, si no está dispuesto a luchar por nuestro amor, le solicito el divorcio platónico.

Cuando terminé mi perorata, esperé con expectación la reacción de mi interlocutor, quien entre parpadeos nerviosos y carcajadas preguntó:

— ¿Siguiente paso? ¿Divorcio? ¿Se encuentra bien?

— Claro, señor. Solo estaba tratando de darle un toque erótico festivo a nuestra rutina diaria, pero constato que usted no se ha enterado de nada y que he perdido dos años de mi vida. Así es que ya va siendo hora de que cambie de fantasía. Quizás me enrolle ahora con el del retrato de la sala de reuniones, sí, el del centro, creo que era el abuelo, que tiene un porte discreto pero señorial; un aire tierno, dialogante, amoroso; una sonrisa tímida, dulce; una mirada transparente, azulada…

¡Uy! Creo que me estoy enamorando otra vez.

 

15/11/2023


 


Comentarios

  1. Es un texto atractivo desde el inicio. Con argumento divertido, no es esperable y sorprende el desenlace.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

La culpa la tuvo Sara (ganador en el III Concurso de Microrrelatos AVV Muñoz Arenillas (Cádiz)

                                                                  Mi madre era muy católica y, tras devorar el Antiguo Testamento, descubrió que Sara, la mujer de Abraham, tenía 90 años cuando concibió. Aquella revelación bíblica la obsesionó. Decidida a seguir las Escrituras al pie de la letra, se quedó embarazada rozando los 100 años. Para lograrlo, recurrió a donantes de útero, óvulos y esperma. Cuando me parió, ya era anciana. El parto natural fue inviable. Me tuvieron que sacar por cesárea porque, con mis achaques y artrosis, no podía empujar . Así que, entre unas cosas y otras, nací con 75 años. Venía equipada de serie con mala audición, presbicia, dientes postizos y memoria frágil. El pediatra —o, mejor dicho, el geriatra— me tranquilizó argumentando que una edad tan avanzada traía esos ...

Y EL SÉPTIMO DÍA DESCANSÓ (Texto publicado en el núm 56 de la revista SPECULUM (Club de Letras de la UCA)

 Él es el más alto. Él es el más tranquilo. Él es el más confuso. Él es el más sibarita. Él es el más amortiguado. Ella, ella es la más espiritual. Estos son mis seis novios, con arroba incluida. Cada día de la semana le toca a uno. En una hoja Access voy anotando: nombre, aficiones, conversaciones frecuentes y apetencias sexuales. Que no quiero herir sensibilidades.             El más alto se llama Jesús, es de Sevilla, como el Jesús del Gran Poder y para más INRI, nunca mejor dicho, siempre tiene cara de pena, pero besa bien, por eso le he asignado el lunes, para ir entrando poco a poco.             El martes tengo a Lorenzo, el más tranquilo. Siempre llega tarde. Le tengo que recordar que no tenemos todo el día; que contra pereza, diligencia. Le tengo que recordar que empiece por arriba pero que se pare, sin prisas y con esmero, donde él sabe. El más confuso, si...

Imaginar emociona (Primer premio (Literatura) en I Certamen Artístico Cultural cREA)

  En un estudio científico y estadístico —realizado, eso sí, a puro cálculo visual—, entre los asistentes a un concierto, llegué a un postulado inapelable: solo un 5% de la población goza del privilegio de destacar en altura, rasgos o peso. Pues bien, puedo asegurar, sin margen de error, que él no pertenecía a esa exclusiva minoría. No. Él era feo, pero no un feo común, sino un feo con historia, con kilómetros recorridos. Avejentado para su edad y visiblemente estropeado por los excesos y la mala vida. Debo admitir, con cierto bochorno, que no era solo feo, sino también desagradable. Olía a tabaco, a cerveza y a varios días sin ducha. Una pena, de verdad. Entonces, ¿qué me motivó a propiciar ese encuentro fortuito? En el fondo, creo que para conocer la verdadera razón habría que hacer otro estudio, aunque esta vez no tan científico, sino uno que indagara en la gran incógnita de la humanidad: ¿por qué hacemos cosas que claramente nos perjudican? En mi caso, quizás fue la pereza,...

Tacones más sensatos que lejanos

                    Yo quería ser chica Almodóvar, como Penélope Cruz en Volver , ocultando el cadáver del marido en un arcón congelador. Pero, para mi infortunio, ese universo ochentero y glamuroso se escapó mientras trabajaba como maestra en una escuela de un pueblo perdido en la sierra de las Villuercas. Hoy, uso tacones más sensatos que lejanos. Ya soy mayor, abuela, y tengo pocas ganas de ese mundo de lucimiento y trasnocheo. El manchego, en cambio, sigue imparable: ha triunfado en Venecia y posa, flanqueado por dos bellezas de piel lechosa, altísimas y que sólo se entienden en inglés: sus nuevas chicas. Cuando pensé que había perdido el tren de la fama, de los cócteles y vestidos llamativos, caí en la cuenta de que vivo en Extremadura, y que ese tren de mi vida salió de la estación con horas de retraso y terminó averiado en mitad de una dehesa y de la noche. ¿Un desastre ferrovia...

¿VEINTE? (2º premio VIII Edición del Certamen Literario “La Arboleda Perdida” Puerto de Santa María)

  ¿VEINTE?   Una, dos, tres. De pequeña me apodaron “la Santita” porque era tierna, noble y obediente. Cuando a mediodía llegaba del colegio, tanto los vecinos como mi madre me tenían preparada una lista de recados varios: “Niña, baja a por una hogaza de pan para doña Manuela, la del cuarto y, de paso, vas a la frutería, compras un kilo de naranjas de las tontas y le pides a Ramón un poquito de perejil”. Y allá que iba yo, sin rechistar y con agrado, a hacer felices a todos. Las monjitas, y en especial sor Carmen, me trataban de una manera especial, porque especial era yo. Todos cuchicheaban que mi bondad y mi inocencia eran contagiosas y que mi manera peculiar de mirar y de hacer las cosas, me hacía encantadora. Un primor de niña. Una santita, como mi apodo. Cuatro, cinco, seis. Terminado el bachillerato y la universidad, llegó el momento de oficializar mi bondad y tomé una decisión que marcaría mi vida.   Me metí a monja. Me metí a monja seglar, porque yo quería ...

De cómo mi calentamiento se hizo viral (1º finalista-Concurso microrrelatos "La Naturaleza nos habla")

 Hola, soy @GlobalBio, EcoTiktoker azul. Antes me llamaba Naturaleza pero nadie me hacía caso. Mandaba incendios, DANAs, olas de calor… y nada: solo peleas entre partidos, colas para comprar aire acondicionado y   fotos  achicharrándose en los atardeceres. Así que pensé: nueva era, nuevo algoritmo. Si no te adaptas, te extingues. Ahora soy influencer de manual. Vivo en Andorra: poca contaminación, más calma y menos impuestos, como debe ser. Mi vida es dura. Lo confieso: no me encuentro bien. Siento cada vez más calor. Estoy agotada. Aun así, hoy hice mi directo con unas décimas de fiebre. Dicen los expertos que es una ecogripe. Pero, enferma o no, se hacía necesario lanzar mi mensaje: paremos este circo . Cuando estaba en mitad del live , me desmayé. Caí redonda. Y fue justo en ese momento cuando se dispararon los corazones rojos... Estaba gustando. No sé si fue por mi destemplanza, mi cambio de estrategia o por puro morbo, pero funcionó: esta vez me escuc...

ILUSIÓN DE VERDAD (Primer premio en la VII Edición del Certamen Literario “La Arboleda Perdida” Puerto de Santa María .Cádiz)

Hoy puedo decir con orgullo que a los veinte años me he convertido en un pez, en un pez raya, para ser más exactos. Vivo, nado y floto en la costa de El Puerto de Santa María. Sí, así como suena. Me he convertido en un pez difícil de ver, mi cuerpo es plano, más ancho que largo, de color tirando a gris y con mucho vivido a mis espaldas o como, en este caso, se diga. Pero eso no lo puedo contar todavía. Aún no. Quizás, para entrar en el meollo del asunto sea conveniente escarbar en la verdad de mi vida y de mis recuerdos. Todo empezó algunos años antes, cuando era pequeño. En aquel entonces, yo tenía cuerpo humano pero no me notaba notado. Mi carácter era anodino, insustancial   y si, en ocasiones,   me ponía farruco mi madre se acercaba con dos intenciones de alpargatazos y el tema quedaba zanjado. En el fondo, me sentía tan poco importante como la virgulilla en los teclados ingleses. Llenaba mis días de desaliento, de falta de ganas. Por todo ello, al llegar a los quinc...

Camarero, ¿me pone una caña?

  La soledad me fascina. Puedo decir, sin orgullo, que a mis cincuenta años nunca he tocado un cuerpo que no fuera el mío. No he tenido vínculos reales, ni novios ni amigos ni nada que se le parezca porque me gusta vivir sin riesgos, sin disgustos, sin altibajos. Me he hecho adicta a no dar explicaciones, a mi espacio, a dormir en diagonal, a… Y es que, para mí, m antener una relación interpersonal fluida y sana, en vivo y en directo, se ha convertido en una utopía. Bueno, a ver si me explico para que se me entienda. Algo ha habido por ahí, pero nada que ver con los convencionalismos ni con lo establecido. En mi juventud me enamoré de Mike Jagger, el vocalista de los Rolling Stone. Tenía un poster, tamaño natural, en la puerta de mi armario. Hablaba con él, por cierto, en español, porque el inglés se me da fatal, le contaba de mi vida y de mis suspensos. Él hacía como que escuchaba, miraba y no sé si sonreía. Un novio perfecto. Soy consciente de que me doblaba la edad, pero...

HUESO CONTRA HUESO (Ganador del II Concurso Nacional de microrrelatos. CPA de Isla Cristina)

 Con ese crujido premonitorio de rodilla noté que algo barruntaba a mi alrededor. Ese chasquido seco, no audible, inarmónico y esas burbujas que estallaban dentro de mi articulación podrían pronosticar artrosis, desgaste de menisco o un cambio en la humedad del ambiente. Podría augurar que ya era mayor. Pero no. En mi caso, esa fricción de hueso contra hueso presagiaba la mejor versión de Kramer contra Kramer que hubiera imaginado.             En los eternos anuncios publicitarios de la película que estábamos viendo y con un tímido balbuceo, como el zumbido de un enjambre de insectos, casi insonoro, pero aclaratorio y lapidario, me dijo: “Quiero que leas una carta que te he escrito y que me digas tu opinión sincera”. Acostumbrada a corregir exámenes, cogí mis gafas de cerca y me dispuse, sin dilación, a cumplir, su petición.             Pasados unos minutos y analizad...