Ir al contenido principal

173. UN AZUL DESCONCERTANTE

Querido yo: Te escribo esta carta para despedirme. Me he pasado toda la vida rindiendo culto a la belleza en sus más variadas manifestaciones: proporción, colores, armonía…, sin menospreciar la compasión, la verdad  o el sosiego. Y, aunque resulte paradójico, me estoy pasando toda la muerte en una inhóspita y gélida  sala de urgencias de un hospital comarcal, rodeado de otros que, como yo, no saben lo que está pasando.

            Sé que soy un poco melindroso y paranoico. Esta mañana, sin ir más lejos, me he levantado con diarrea, taquicardia y destemplanza; después de tres test de antígenos, todos negativos, consideré oportuno acercarme a urgencias. Era covid, seguro. En este caso, y a pesar de la reacción, un tanto especial, del equipo médico, la sintomatología me concedía la razón. No lo dudaron y, sin mediar palabra, cogieron una vía y por goteo intravenoso, me administraron un no sé qué. La vida se me iba a borbotones en una soledad fría y desapacible. Esto debe ser la muerte, pensé. Quizás hablaban de intubarme. Quizás mi pronóstico era tan reservado que ni siquiera me lo comunicaron por temor a un empeoramiento. Quizás lo de la llamada, para dar el último adiós a mis seres queridos, se les pasó por alto, de ahí el motivo de esta carta.

Me he quedado traspuesto, creo que me he muerto. Como legado a los científicos, confirmo que el oído es el último sentido que se pierde porque en la lejanía creí escuchar: “Ya está aquí otra vez Javi, el pupas”. Al menos podrían mostrar más respeto y decir: “Javier Martos, el hipocondriaco”. En corros cuchicheaban que era la décima vez que acudía este mes a esas dependencias y que mi historial era el más largo de toda la provincia. Me sorprendió no visualizar el archiconocido túnel negro con una luz al fondo y  algún familiar fallecido que te llamara: “Ven, ven”. Lo mío fue todo más simple: me vi suspendido, en un silencio total, rodeado de la paloma trinitaria con su resplandor de rayos dorados y densas nubes azules que envolvían toda la estancia. Lo dicho: Me he muerto y, sin más preámbulos, con tranquilidad y calma, he subido al cielo; ha funcionado lo de trabajar la belleza interior.

Ya estaba esperando que sacaran mi cuerpo de esa destartalada sala cuando oí que se dirigían a mí.

—Javier, Javier, soy Inma, la enfermera de guardia. Se ha presentado hoy muy nervioso y le hemos inyectado un ansiolítico, pero ya está más tranquilo y  puede irse a su casa.

Entreabrí un ojo y allí estaba mi sanitaria preferida que, siguiendo la tendencia de moda, se había teñido el pelo de un celeste índigo de lo más fashion.

—Inma, gracias por todo y…fantástico su nuevo tono capilar, pero, ¿no cree que ese azul desconcierta un poco a los moribundos?

 


17/02/2022


Comentarios

  1. Me gusta el primer párrafo, toda una declaración de intenciones. Genisl ese descubtir en el desenlace.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Imaginar emociona (Primer premio (Literatura) en I Certamen Artístico Cultural cREA)

  En un estudio científico y estadístico —realizado, eso sí, a puro cálculo visual—, entre los asistentes a un concierto, llegué a un postulado inapelable: solo un 5% de la población goza del privilegio de destacar en altura, rasgos o peso. Pues bien, puedo asegurar, sin margen de error, que él no pertenecía a esa exclusiva minoría. No. Él era feo, pero no un feo común, sino un feo con historia, con kilómetros recorridos. Avejentado para su edad y visiblemente estropeado por los excesos y la mala vida. Debo admitir, con cierto bochorno, que no era solo feo, sino también desagradable. Olía a tabaco, a cerveza y a varios días sin ducha. Una pena, de verdad. Entonces, ¿qué me motivó a propiciar ese encuentro fortuito? En el fondo, creo que para conocer la verdadera razón habría que hacer otro estudio, aunque esta vez no tan científico, sino uno que indagara en la gran incógnita de la humanidad: ¿por qué hacemos cosas que claramente nos perjudican? En mi caso, quizás fue la pereza,...

De cómo mi calentamiento se hizo viral (1º finalista-Concurso microrrelatos "La Naturaleza nos habla")

 Hola, soy @GlobalBio, EcoTiktoker azul. Antes me llamaba Naturaleza pero nadie me hacía caso. Mandaba incendios, DANAs, olas de calor… y nada: solo peleas entre partidos, colas para comprar aire acondicionado y   fotos  achicharrándose en los atardeceres. Así que pensé: nueva era, nuevo algoritmo. Si no te adaptas, te extingues. Ahora soy influencer de manual. Vivo en Andorra: poca contaminación, más calma y menos impuestos, como debe ser. Mi vida es dura. Lo confieso: no me encuentro bien. Siento cada vez más calor. Estoy agotada. Aun así, hoy hice mi directo con unas décimas de fiebre. Dicen los expertos que es una ecogripe. Pero, enferma o no, se hacía necesario lanzar mi mensaje: paremos este circo . Cuando estaba en mitad del live , me desmayé. Caí redonda. Y fue justo en ese momento cuando se dispararon los corazones rojos... Estaba gustando. No sé si fue por mi destemplanza, mi cambio de estrategia o por puro morbo, pero funcionó: esta vez me escuc...

Cuestión de genes

  Los Figueroa de la Cruz, Marqueses de la Balconada y mis padres, para más señas, son una pareja de alto standing , ricos en patrimonio, inteligencia y blasones. De forma natural, han seleccionado su especie durante generaciones. De aspecto escandinavo, pero oriundos de Cáceres —ellos y los Borbones, muy a mi pesar, elevan las estadísticas de la altura media nacional—. Son amantes de la música, el arte y los idiomas. Brillan por su físico y su intelecto. Ahora bien, debo comentar, aunque solo sea de pasada, que también son arrogantes, engreídos y altaneros, amén de ultraconservadores. Un primor de progenitores. Quizás por ser el único hijo —y, por tanto, primogénito de la familia—, quizás por compartir como morada la misma casa palacio, quizás por vivir en primera persona el grado cero de empatía de mis ascendientes, o quizás por todo ello, siento la necesidad de relatar mi vida. Según me cuentan, cuando nací, mis congéneres se quedaron perplejos y estupefactos. ¡Oh, Dios...

Tacones más sensatos que lejanos

                    Yo quería ser chica Almodóvar, como Penélope Cruz en Volver , ocultando el cadáver del marido en un arcón congelador. Pero, para mi infortunio, ese universo ochentero y glamuroso se escapó mientras trabajaba como maestra en una escuela de un pueblo perdido en la sierra de las Villuercas. Hoy, uso tacones más sensatos que lejanos. Ya soy mayor, abuela, y tengo pocas ganas de ese mundo de lucimiento y trasnocheo. El manchego, en cambio, sigue imparable: ha triunfado en Venecia y posa, flanqueado por dos bellezas de piel lechosa, altísimas y que sólo se entienden en inglés: sus nuevas chicas. Cuando pensé que había perdido el tren de la fama, de los cócteles y vestidos llamativos, caí en la cuenta de que vivo en Extremadura, y que ese tren de mi vida salió de la estación con horas de retraso y terminó averiado en mitad de una dehesa y de la noche. ¿Un desastre ferrovia...

Espejismo en el Nilo

  El último día de vacaciones quiero que sea el más tranquilo, un respiro después de todo lo vivido. Han quedado atrás las largas excursiones al desierto, el madrugón diario para contemplar los templos al amanecer, los grupos de turistas atiborrados de cámaras y fascinados por las pirámides, los vendedores de especias que no sabían cuándo rendirse, el caos de motocarros, calesas y el bullicio constante de personas deambulando por las calles, los tés con menta servidos a cualquier hora, el sol abrasador, las ancestrales filas separadas por género en terminales internacionales, los museos repletos de tesoros de valor incalculable y el heroico guía que, con paciencia infinita, nos sumergía en la historia como si fuera su propia vida; entre ruinas y explicaciones interminables, luchaba contra el calor y la fatiga para mantenernos cautivos de su relato. Este sorprendente país es una maravilla, pero mi cuerpo ya no puede con más. Como broche final y para ponerle paz a tanto aje...

Casi algo (Texto publicado en el número 63 de la revista SPECVLVM. Club de Letras de la UCA)

Basándome en la astrología, esa ciencia infalible donde las haya, he llegado a la conclusión de que, gracias a una confabulación cósmica entre Saturno, Júpiter y Venus, el azar quiso que coincidiéramos en espacio, tiempo y app. Nos encontramos tecleando una calurosa madrugada de agosto, con el cambio climático en modo horno turbo —a pesar de los negacionistas—, con el corazón hambriento de nuevas experiencias y con un montón de gin tonics en lo alto. Dos horas de fantasías y cochinadas digitales dieron lugar a una cita in situ, o como se diga. Nos encontramos, nos vimos y, oh, superamos esa prueba visual implacable: altura, talla, ojos e incluso zapatos. Nos gustamos. Nos gustamos tanto que, después de cinco cervezas, nos fuimos a la cama. Te llevé a mi terreno, a mi barrio, a mi casa compartida. Tuve valor, lo sé. Pero las cosas vienen así y no vale plantearse moralidades ni estrecheces. Nos acostamos y punto. Te fuiste muy temprano. Casi me liberé con tu ausencia, pero tu olo...