Cuando tenía diez años, el destino ya me auguraba un futuro pedagógico. En esas calurosas y eternas tardes estivales, nuestras madres nos obligaban a guardar la compostura y casi a hacer un voto de silencio; todos los amiguitos del vecindario obedecíamos sin dudarlo, quizás fuera por el zapatillazo que te llevabas si osabas a incumplir el pacto unilateral establecido por las progenitoras. Pues yo, ya digo, siguiendo mi vocación de enseñante, reunía a los vecinillos en mi cuarto, organizaba como una clase con los muebles desvencijados que iba encontrando y les entregaba unos cuadernos Rubio, ya usados pero borrados y otra vez utilizados, con los que pretendía repasar o reforzar sus conocimientos de Matemáticas. Mira Paquito, del 2 al 10, 8 y te llevas 1. Era fácil para mí. Todo consistía en aprenderse las reglas que te enseñaban a resolver y a dilucidar el orden de las operaciones. Claro que a Pili se le atragantaba y la muy obtusa decía que del 3 al 2 había 1. Yo no desistía y ...